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lunes, 27 de septiembre de 2010

Quiero morir en un valle

Para mi amapola incendiada



Quiero morir en un valle de amapolas incendiadas.


Hacerme un hueco en tu piromanía,


pronunciar tu nombre para incinerar mi lengua


y te acostumbres poco poco a ser mi última palabra.


Con mi lengua hecha cenizas


firmaría tus diez letras en el crucigrama del viento.


Quiero arder como mi pecho cuando te recuerdo,


como la quema de invierno en los campos de cosecha.


Eres un sol de flores rojas que destila mis delirios


cuando tus rayos extienden sus pétalos acalorados.


Quiero calcinar mis ojos


con la lumbre de los tallos y la fiebre de tu flor iridiscente.


Soy adepto al fuego dispuesto que se cae sobre tu espalda


como la ofrenda natural de los altares y las tumbas,


partidario del ahogo de tus flamas cuando me ciñes el cuello


y me duelen más las amapolas de tu incendio

sábado, 21 de agosto de 2010

Rumbos

No voy a ceder de nuevo

a las voces inauditas de mi condición de plastilina o barro,

a la languidez daltónica de los perros policía,

ni a la dura fiebre torturada en la boca de los otros,

en los sapos que envenenan nuestra convivencia.

No voy a ceder a los barrotes de postura y paja vieja;

la imparcialidad me agobia con su polvo

en mi jaula de pequeño hombre, de pequeña vida delirante.


No voy a ceder a las apuestas de mi educación universitaria,

ni a las ilusiones obligadas de una profesión televisiva,

de una procesión sobrevaluada.

Desnudez y fama son premisas de una frente sin augurios,

de una vida equilibrada en la cita a pie de página

que nos brinda la costumbre.

Se me han ocurrido la prosa, la espada y la metáfora,

la insolencia de una máscara elegante

que se cuelga en los muros de mi conversación.


Se me ha ocurrido que algún día nos embista un día

y resistir

y salirme de mi casa y caminar las eclosiones de otras vidas;

o clavar la vestimenta diaria, la fractura,

a la espalda de un ahogado que se vaya por el mundo

recordando la futilidad del flote,

arrastrando las monedas de la corrosión y el óxido,

y las cambie por poemas de la herrumbre,

o postales cercenadas en la luz redirigida

de un cielo contaminado.


No voy a ceder de nuevo a las ofertas

perniciosas de la sencillez y la pornografía:

he firmado los contratos de una calavera azul,

la tatué sobre mi pecho, le vendé los ojos,

y mi corazón late las cláusulas de la ceguera.

He aprendido a deletrear mis vísceras,

a escribirlas en el pizarrón del caos; a pastar las consecuencias

como vaca ignorante del tráfico en las carreteras.


He aprendido a enumerar mis desatinos,

a enmarcar las tachaduras en mis cálculos

a pisar las olas firmes del naufragio

y me aferro a la profundidad

que deforma las premonciones de mi juventud

y de mi paranoia.

Reyes Rojas