sábado, 31 de julio de 2010

Dormiste conmigo, esa noche dormimos juntos. Nos atravesamos el cuerpo con la saliva, dejamos que se colara por nuestros poros y se mezclara con nuestra transpiración plateada. Sabías que posiblemente esa noche era la única en todas las noches del universo en que pudiéramos disfrutar de nuestra desnudez mesclada entre los pliegues de las sábanas. Un marmolado delicioso que se derrite y se hace sal, se evapora y sólo queda al día siguiente como vestigios que esconder.
Tu cuerpo es grande y lo sabés porque el mío se pierde entre tus piernas, te gusta apretarme hasta que me deshago, te traspaso y me enriedo en tus pelos. Me buscás y me besás.Nos disolvemos en un beso. Sólo somos nuestros labios que juegan a besarse, que juegan a que las lenguas pueden ser lo más suave. Y te gusta.Veo cómo te gusta plegar mi cuerpo e investigar los recobecos negros. Y te gusta más porque es sólo esta la noche en que podemos. Preferimos ser anónimos adentro de la habitación que nos tapa de la noche del invierno, de las luces nítidas, de los bailes y la nieve. Queremos quedarnos sólo con el gusto entre las piernas, con un zumbido en la plama de los dedos, un grito recuerdo en la punta de los pies.
Después de espiralarnos y cambiar de meridiano en el planisferio de la cama nos quedamos dormidos. Y yo recién me despierto hasta que el cielo quiere ser más turquesa. Algunos pájaros se dan cuenta de la proximidad del sol y comienzan a cantar, pájaros madrugadores, casi nocturnos, que tiritan en el umbral del día y la noche. Me paro de la cama en silencio, casi sin mover el aire del cuarto para que mi hueco en la cama quede pegado como una estampa en el tiempo. Traspaso los agujeros de mi vestido y mis sandalias y me voy. Desaparezco del cuarto segura de que me llevé todo lo mío conmigo.
Estaba equivocada.
Te despertaste solo cuando yo estaba tomando el subte. Te sentiste extraño y no por el aroma. Algo había pasado durante la noche; en la danza de anoche algo se había caído de tu cuerpo y nos habíamos confundido las pertenencias. Miraste tu ropa y era la de siempre, miraste tu celular y tus llaves eran las que abrían tu casa.Te miraste en el espejo y tenías mis lunares y no tenías mi teléfono para organizar otro encuentro y devolvérnoslo. Te reiste en el reflejo y pensaste que eso podía ser mejor.
Cuando yo llegué a mi casa me desnudé para enjuagarme el olor a sexo, me metí en la bañera y ví los tuyos, tus lunares que se ondulaban debajo del agua tibia y transparente, neuva. Me gustó la idea. No pensé en ninguna respuesta. Simplemente me acaricié el cuerpo, te acaricié los lunares, los conté y me sumergí por completo en el agua.

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